domingo, 28 de julio de 2013

Mont Blanc: Cuando el paisaje abruma



El diccionario de la RAE admite cuatro acepciones para el verbo abrumar, y al menos dos de ellas, en principio alejadas entre sí,  creo que sirven para expresar muy bien lo que un macizo montañoso tan colosal como el del Mont Blanc puede llegar a transmitir sobre el observador del paisaje, y sobre la persona que convierte a este lugar tan incomparable en escenario de sus experiencias, como me ha ocurrido hace pocas semanas.

La primera impresión que recibí nada más situarme a los 3.800 metros de altitud de la Aiguille du Midi tiene que ver con la cuarta y última definición: “Producir asombro o admiración”, aunque sin duda se queda corta. Las soñadas vistas hacia las Grandes Jorasses, la cara sur de la Aiguille Verte y les Drus, o las múltiples Aiguilles de Chamonix al fin estaban ante mis ojos, tras muchas horas de lectura y recreación de la zona, mapa en mano, cuando recorría las líneas de Mummery, Terray, Rébuffat o Frison-Roche: Aquellos escenarios de aventuras extraordinarias y reales existían, superaban con creces la más exagerada imagen que hubiera querido hacerme, y me provocaban una emoción incontenible.







La impresión de un paisaje tan grandioso es difícil de explicar, porque de hecho resulta difícil explicársela a uno mismo, aunque la esté viendo. Acostumbrados a las montañas ibéricas, las dimensiones de este macizo causan una sensación de irrealidad, de que algo no cuadra en el teórico equilibrio de formas, desniveles y texturas. La caída de más de tres mil metros del Glacier des Bossons, con sus infinitos seracs y grietas, hacia el fondo del (cercano pero lejano) valle, parece más bien una ilustración de literatura fantástica, o un exagerado fondo cinematográfico generado por ordenador en un exceso de algún realizador megalómano. Es algo tan desmesurado que da la sensación de que no hay espacio para abarcarlo con la sensibilidad humana; parece como que te estás perdiendo parte de lo que estás viendo.







Pero poco a poco, durante esos primeros días fueron mezclándose sensaciones contradictorias. A los nuevos paisajes anhelados que aparecían ante mis ojos (Dent du Geant, cara este del Mont Blanc du Tacul con el Gran Capucin, Aiguille Noire de Peuterey, etc.), y que seguían colmando mis ansias de cumplir sueños e ilusiones, se unían las circunstancias del viaje y de las actividades que llevábamos a cabo durante el mismo. Éstas quedaban constantemente supeditadas a horarios de refugios y transportes, de manera aún más limitante de como habíamos sospechado, y eso siempre es un obstáculo para el verdadero disfrute de la montaña, al menos desde mi punto de vista.











En mitad de aquellos días de aclimatación previa a la ascensión al Mont Blanc, llegó un momento en el que un imprevisto convirtió uno de los planes más deseados, la ascensión al Mont Blanc du Tacul, en algo que para mí era más un estrés innecesario que algo apetecible. De repente me había quedado sin ganas, y me dolía. Me dolía mucho más que cuando en mayo del año anterior me sentí en similar situación en medio de la Loma Púa, en Sierra Nevada. Al igual que entonces, deseaba, ante todo, bajar de allí. Estaba harto de los horarios, de los telecabinas, del material a usar y del que guardar en cajas, de la sensación más cercana al turismo que al montañismo, temía las bajadas por fuertes pendientes de nieve, temía volver a pasar por la afilada y vertiginosa arista de la Aiguille du Midi, se me habían echado encima todos los miedos y agobios que me habían amenazado en tantos meses de preparación… Es entonces cuando estaba afectado por la primera acepción de la palabra abrumar: “Agobiar con un peso grave”.







El libro de El sentimiento de la montaña (E.M. de Pisón y S. Álvaro) habla bien de cómo un paisaje natural afecta de una manera u otra al estado de ánimo. En el italiano Refugio de Torino, el panorama desproporcionado del macizo del Mont Blanc había pasado a producirme desasosiego. De repente, necesitaba la serenidad de un ambiente más plácido, más amable, más seguro. Tenía la sensación de que aquel escenario exagerado e irreal me superaba. La diferencia con el deseo de bajar que había tenido el año anterior en Sierra Nevada era que ahora la opresión resultaba mucho mayor, y que encima me estaba ocurriendo en un añorado viaje nada menos que a los Alpes. El recordar lo ocurrido en la Loma Púa me llevaba a reparar en que aquello fue el comienzo de mi “paréntesis”: Varios meses en los que el montañismo pasó a un muy secundario plano en mi vida, como nunca antes desde que lo practico. No parecía un buen momento para volver a vivir esa sensación, pero ahí estaba la amenaza de la tercera acepción de “abrumar”: “Producir tedio o hastío”.







No sabía cómo salir del atolladero. Cómo recuperar las ganas. Ni menos aún cómo disimularlo, o cómo esconderme o no esconderme (el Refugio de Torino y su entorno, en medio de la niebla que para más inri volvía gris el ambiente, no ofrece muchas posibilidades), para no afectar con mi estado de ánimo a mis amigos y compañeros de viaje, que tenían mejor disposición y trataban de seguir disfrutando del mismo. Al mismo tiempo, ellos, que supongo que notaban mi estado, trataban de animarme con naturalidad y actitud positiva.

De hecho, de una idea de Isa se abrió una puerta, si no a la recuperación de las ganas, si al menos a la mejora de la tranquilidad. Me quité de encima el peso de tener que volver a recorrer la arista de la Aiguille du Midi con tan desafortunado estado de ánimo. A partir de ahí, tuve más fuerza para tratar de ser positivo: Aunque la ascensión al propio Mont Blanc ya había dejado de apetecerme –al menos conscientemente- hacía muchas horas, me puse a hacer ejercicio en la Aiguille du Midi para aclimatar. Más de un turista debió reparar en un loco que no paraba de subir una y otra vez las escaleras de aquellos miradores suspendidos sobre los 3.800 metros de altitud.







Después se fue cumpliendo lo que he leído en algún otro libro que poco tiene que ver con el montañismo, acerca de la facilidad con que la mente va llevando el estado de ánimo a la normalidad. El intervalo de relativo sosiego en Chamonix (al fin, la tranquilizadora llanura del fondo del valle) incluyó otra sensación más cercana a la resignación: las previsiones meteorológicas no eran precisamente halagüeñas como para pensar en los dos días de ascensión al Mont Blanc. Como quiera que yo ya había perdido las ganas el día anterior, y al mismo tiempo estaba en un estado de ánimo mejorado, me lo tomé mejor: Si se puede, bien, y si no, pues qué se le va a hacer: “Ça fait mé pi pas pi”, que habría dicho un chamoniardo de El primero de la cuerda de Roger Frison-Roche.





El resto fue como en los finales felices. Tuvimos la suerte necesaria para coger justo a tiempo un tren que salía antes de lo que nos habíamos informado; realizamos la aproximación al Refugio de Têtte Rouse mejorando los horarios previstos; recibimos la buena noticia de que las previsión meteorológica había evolucionado positivamente y la tormenta no aparecería hasta última hora de la tarde; disfrutamos –sustos aparte- del resto de la ascensión; los instantes previos a hacer cima fueron una catarsis de emociones en la que se mezclaba la superación del mal momento de los días anteriores con todos los meses de preparación; comprobé que en este caso no iba a entrar en un nuevo “paréntesis” montañero y, en definitiva, el Mont Blanc se acabó despidiendo de nosotros como un amigable (abrumador pero amigable) paisaje que había sido escenario de un viaje con una impresión final de disfrute inolvidable.













De cualquier manera, cuando una semana más tarde Iván y yo estuvimos en Gredos, al reencontrarnos con el paisaje al que estamos más habituados, comprobamos la diferencia. Pero no nos ocurrió aquello de que las montañas habituales ahora nos parecieran empequeñecidas, ni mucho menos. De hecho, aquella cara sur del Almanzor, bajo las Canales Oscuras y sobre la Garganta Tejea, nos impresionó. Supongo que menos que si la semana anterior no hubiéramos estado en el Mont Blanc, pero en cualquier caso nos impresionó, nos distrajo de las comparaciones. La diferencia estaba en que aquel paisaje sí entraba dentro de lo comprensible, de lo abarcable. Y, sobre todo, no nos abrumaba (en sus acepciones negativas). Pero, paradojas de la vida, con el Almanzor no pudimos en esta ocasión.



Para más detalles, descripciones en Pirineos 3000:

Aguille de Toule (3534 m.); pequeña ascensión los días de aclimatación.

Mont Blanc (4807 m.), La Ascensión.

1 comentario:

  1. Enhorabuena por la entrada, me ha gustado mucho... Seguiremos viajando juntos, desde los valles hasta las montañas, disfrutando los buenos y los malos momentos y superando todos los obstáculos para llegar, o no, a las cumbres.

    Un abrazo

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